Tenía doce años menos que ahora y por entonces soñaba con que el Perú jugara en un mundial de fútbol y teníamos con qué. Un "coyote" Rivera surcando el carril izquierdo le cedía un pase a Julinho y este centrando a Palacios para gritar una vez más un gol peruano. Por esos días sentía la pasión y la fiebre que producía la cercanía a la clasificación, podía entender que la gente faltara y se dictara a si misma feriado nacional, podía sentir el peso real de una camiseta sudada a kilómetros desde el asiento de mi casa y podía darle sentido a esa frase que hasta hoy se pronuncia "tenemos esperanzas".
Hace doce años era más fácil coger la tabla de puntuación, una calculadora, calcular cifras e inventarse el punto demás cercano a la ilusión. Era difícil, eso si, salir a jugar la pelota sin soñarse a mismo "Ñol" Solano pateando un tiro libre sobre una pista dinamitada por el peso de los carros; era sencillo juntarse con los amigos después del "fulbito" y era aún más hacer la "chancha" y salir a comprar el ron con Coca Cola. Era común gritar, vitorear con alegría, hacer retumbar las sillas hasta terminar tirándolas por encima.
Hace doce años todo era más sencillo, creerse que los pies tenían magia, que existían las improvisadas "chalacas", que el límite de nuestro talento en la cancha nunca terminaba, que el equipo podía escucharme y verme blandir la camiseta, que mi garganta podía soportar noventa minutos a viva voz haciéndolas de técnico y comentador. Hace doce años mi amor por el fútbol peruano se durmió, se aplastó sobre sus paquidermas patas para no levantarse más, sin bulla, sin inquietar a nadie. Ya dejé de ser niño, pero tengo ilusiones de tal, me alegra ver que aún tenemos equipo pero me acongoja que ya no pongamos sobre el gras sudor, sangre, alma y corazón.
lunes, 30 de marzo de 2009
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