lunes, 30 de marzo de 2009

El fùtbol hace doce años

Tenía doce años menos que ahora y por entonces soñaba con que el Perú jugara en un mundial de fútbol y teníamos con qué. Un "coyote" Rivera surcando el carril izquierdo le cedía un pase a Julinho y este centrando a Palacios para gritar una vez más un gol peruano. Por esos días sentía la pasión y la fiebre que producía la cercanía a la clasificación, podía entender que la gente faltara y se dictara a si misma feriado nacional, podía sentir el peso real de una camiseta sudada a kilómetros desde el asiento de mi casa y podía darle sentido a esa frase que hasta hoy se pronuncia "tenemos esperanzas".



Hace doce años era más fácil coger la tabla de puntuación, una calculadora, calcular cifras e inventarse el punto demás cercano a la ilusión. Era difícil, eso si, salir a jugar la pelota sin soñarse a mismo "Ñol" Solano pateando un tiro libre sobre una pista dinamitada por el peso de los carros; era sencillo juntarse con los amigos después del "fulbito" y era aún más hacer la "chancha" y salir a comprar el ron con Coca Cola. Era común gritar, vitorear con alegría, hacer retumbar las sillas hasta terminar tirándolas por encima.



Hace doce años todo era más sencillo, creerse que los pies tenían magia, que existían las improvisadas "chalacas", que el límite de nuestro talento en la cancha nunca terminaba, que el equipo podía escucharme y verme blandir la camiseta, que mi garganta podía soportar noventa minutos a viva voz haciéndolas de técnico y comentador. Hace doce años mi amor por el fútbol peruano se durmió, se aplastó sobre sus paquidermas patas para no levantarse más, sin bulla, sin inquietar a nadie. Ya dejé de ser niño, pero tengo ilusiones de tal, me alegra ver que aún tenemos equipo pero me acongoja que ya no pongamos sobre el gras sudor, sangre, alma y corazón.

domingo, 29 de marzo de 2009

Mi amor de trece años

Los amigos van cambiando en relación a los años que el tiempo le va a uno cincelando en la mirada y en la paquidérmica forma de andar. Cuando era niño, mi mejor amigo se llamó Diego, morocho y rollizo, de cara atortugada y de piernas cortas, el que nunca me negó el mejor dulce ni, mucho menos, ir a su casa a jugar con su nueva consola. Cuando tuve trece, la amistad cambió de género y esta fue la empleada de mi amigo, Sonia. De senos prominentes, cabello asfaltado y siempre recién ondulado, de un aliento a sábana y con una mirada certera y profunda que en vez de acobardar a mis infantes deseos e instintos los despertaba. Fue ella quien me hizo descubrir que el amor se detiene a esa edad, a los trece, buscando pretextos perfectos, excusas extrañas volviéndome mentiroso de profesión por amor y ahorrador compulsivo para comprar mi primer ramo de rosas.


Me hice adulto por ella, ni caminando ni saltando por la autopista sino por la acera, como lo hacía mi abuelo quien sospechaba mi telúrico cambio; no saltaba ya por encima ni ladeando a la gente, más bien cediendo el paso almidonando con senil respeto la mirada; por ella me volví veinte años mayor, dibujándome el bigote que aún no ramificaba, guturando la carcajada y fumando el cigarro que nunca prendía.
Nunca sabré si se dio cuenta de que la mimaba con el tono de mi voz, de que la deseaba no con besos debajo de la cintura sino con esos besos sabuesos trepando hasta su enroscado cabello; que mis hombros buscaban chocarse con su cuerpo anhelando, palpitándome el corazón, sus manos duras y olorosas a pino acariciándome las mejillas. Solo recuerdo la vez que me hizo tocar su duro seno, de color de la vainilla y olorosa a lavanda, el pezón marrón y tenso circundado por su aureola; mis dos manos no alcanzaron a cubrirlos, palpándolas, las miré sin saber qué hacer, solo dejándome hervir por esa nueva sensación. Cuando quise besarlos empujado por un instinto inadvertido se tendió sobre si misma se cerró la nívea blusa y me llevó a la cocina, me sirvió una Sprite y siguió con su rutina.


Volví a la casa de mi amigo, pues ella era su sirvienta, después de una semana pues me di unos días para asimilar e interpretar qué pasó y por qué rayos no le arranqué el sostén, me abalancé sobre ella y le arranqué los besos que tanto deseaba. Bueno, volví no para hacer lo que debí de haber hecho, sino para tomarla de la mano y darle el ramo de flores que no sabría como explicar a mi amigo su porqué. Cuando golpié la manija con el acero de la puerta, me atendió, no Sonia, sino la mamá de Miguel Ángel, mi amigo, me dio un beso casi en la boca que ya no era de ella, y pregunté por la verdadera dueña de esa casa. 

No quería jugar con su hijo, no quería pasar ni sentarme a conversar con ella y su esposo como siempre y mucho menos regresar más tarde a ver una película... no quería saber nada pues cuando pregunté por mi Sonia, ella ya no existía.

Se fue sin despedirse, aunque supe, unos años después, cuando regresé al barrio del Sendero, que preguntó por mi en el lapso de esa semana que desaparecí de su vida; supe que estuvo delante del intercomunicador del edificio donde vivía, pero nunca supieron, quienes la vieron, por qué nunca toco el número "2" de la familia Watanabe.

El amor se detuvo a los trece.