lunes, 6 de abril de 2009

Camino con olor carmesí

Doña Cuchita, con sus labios siempre carmesí y con un aliento a caramelo de fresa, se perdía entre los parques de la plaza Grau conversando sentada con maíz entre los dedos convidando a imaginarias palomas cerca de su regazo. Cantaba canciones a niños de antaño que bajo su cuidado y tutela desfilaban bordeando la laguna del distrito de Barranco hace setenta años; canciones ahora épicas entre las voces de nosotros los que crecimos besados por ella, besos despulgados de esos que te exprimen el cachete hasta dejarlo amoratado sino uno dulce y silencioso como quien los da por caridad y con la sonrisa de la primera vez.

Mientras vivió, su casa fue de adobe color rosa, de fachada cercada por una amenazadora hilera de helechos pero enternecida por un duende frio en posición fecal; una puerta siempre entre abierta guiaba los pasos quien se adentraba en las entrañas de tan extraña casa. Medio cuarto más adentro se partía la sala por un tragaluz mal o arbitrariamente mal colocado adosando lo real de lo anacrónico. Al terminar, ella tendida boca arriba respiraba con un rigor mortis que helaba la sangre, los lentes moqueando por sus níveas mejillas acariciando esa hervida piel.

En su mesa de descoloridos azulejos nunca faltó el te y la baraja de cartas que a tan aficionada era, enseñaba las reglas y las trampas y nunca sonreía cuando perdía. Nunca exhumó, entre tertulias, de su corazón hacia los labios el masculino que la dejó o plantó por otra, suposiciones nuestras pues quienes las conocieron aseguraron su soltería beatífica desde los dieciséis. De la belleza de novicia italiana de antaño quedaron sus ojos verdes amurallados e intimidantes, coquetos, divinos y adivinos de quienes la perseguían por esa futurista y pendular manera de mover las caderas.

Con curiosidad sabuesa hilvano los retazos de una vida plantada apropósito, sin más norte que la que conocemos todos en el barrio, sus carcajadas que más parecía musitadas risas entre palomas, pequeños besos a medio labio que solía darnos, esa algodonada cabellera ondulada que siempre vive en mis recuerdos y una foto que me regaló de ella prometiéndome que de haberme conocido, yo, su caballerito, hubiera sido el elegido.