
Algo curioso en una combi limeña
Por Martín Villanueva Watanabe
Hoy comencé el día con los ánimos renovados. Aunque el tráfico era una coladera de carros el sol hacía su trabajo borrando de nuestras caras el bostezo y cansancio matinal. Pues hasta ayer, era común descender con las lisuras atravesadas en la cabeza, las falanges adoloridas de tanto el puño apretar y la certeza de que a sería la última vez de que aguantaría los maltratos verbales de quienes se ventosean sobre el respeto que, como usuarios, merecemos.
Como dije, era común enfadarme y patear con justificación los ánimos ajenos por las experiencias que nos suele ocurrir dentro de una combi (transporte vehicular limeño), pensar en atornillar y poner punto final a las discusiones por el sol de más, por apiñarnos al fondo de un vehículo seco y roto por el tiempo y por reclamar su acelerada carrera. Sin embargo, ayer el conductor y cobrador de la línea Chama, que hace el recorrido desde Chorrillos, hasta Huandoy, desbarató mis biliares argumentos disuadiéndome de enmarocarlos, lincharlos y mandarlos al paredón.
A punto de bajar a la altura de una atorada cuadra 46 de la avenida arequipa, en Lince, noté algo extraño en el conductor: no aceleraba arriba de 80 ni recogía a cucharones pasajeros en aceras prohibidas; no tenía el semblante huraño y marrón, cansado sí, pero gentil con el usuario siempre agradeciendo por haber subido; no dejó subir ningún ambulante, no improvisaba paraderos, no rompía en descaradas y burlescas carcajadas por las mentadas de madres ajenas a la suya, no desbarataba el dial buscando el hit “cumbiambero” veraniego del momento; no llevaba el bivirí con el estampado salado por el sudor, sino una camisa celeste escolar, planchada y con el cuello disecado.
Una señora me empapa la oreja graznando por su “derecho a bajarse” donde le de la gana, olvidando que al lado de su asiento su vivida niña mira tratando de entender el porqué del acalorado debate; reta al conductor a parar el ómnibus atemorizándolo a este con llamar a la policía. No para la combi. Intervengo para seducir a la dama a bajar el tono de sus argumentos que llegaron a resucitar las tantas madres que se puedan inventar, terminando por mencionar a la mía también. No paró el vehículo hasta el paradero correspondiente.
El calor era soporífero, citando al glorioso “Gabo”, durante estos días febriles carnavalescos: sin embargo, la incongruencia de nuestros reclamos con nuestras acciones diarias por una reforma vial es irrisoria a la vez que desvergonzada. Inventamos paraderos según nuestras necesidades; vemos espacio donde a penas circula el aire cargado lleno de hedor y calor; saltamos con el carro en picado sin esperar se detenga; reclamamos puentes peatonales a voz desgarrada y responsable, pero cruzamos, entrelazando los dedos rogando una suerte celestial, las pistas ensangrentadas por tanta irresponsabilidad peatonal.
La lección cae por peso propio, es triste y vergonzoso caer en la cuenta de que el 27% de accidentes de tránsito es ocasionado por imprudentes y acostumbrados peatones a saltar vallas, rompes cercas de hierro trenzado, pagando “china” (medio nuevo sol) acortando trayectos y provocando desorden vehicular. Y es que la “cultura combi” la parimos nosotros, la del vivo y acriollado, la del “floro” filoso y apabullante. ¿Será tarde, entonces, el poder enmendarse estos errores que tienen ya casi veinte años de existencia dentro de nuestras pistas y a veces veredas? ¿Debemos aceptar las papeletas al peatón que en otros países existen, y que en el nuestro también, pero que es letra muerta? O ¿debemos seguir en el letargo ocioso que nos sume la cotidianidad de nuestros actos surrándonos en todos los reglas de urbanidad?
No pago mi china (medio nuevo sol) desde hace más de un año, desde que palpé con mis propios ojos el orden y paz social en que viven las sociedades que apostaron por la educación ciudadana desde las escuelas, desde que decidí por cuenta propia no caer en la pereza de no caminar unas cuadras de más; de cruzar por los puentes peatonales sin rozar la imprudencia, no pueril sino estúpida, de brincar vallas y esquivar autos; de salir más temprano que de costumbre para no quedar atorado entre el gentío acalorado y con la paciencia en el colador.
No pago mi “china” porque de sinceramente estoy cansado y avergonzado de caminar entre tanto desorden e irresponsabilidad, pero estoy contento de que conductores como el que cité se esfuercen por una servicio esmerado y gentil y que gente tan particular como la señora que menté vaya tomando conciencia de que la educación no solo se queda en el cuaderno y olvidada en la punta del lápiz, sino en las acciones con que formamos a nuestros futuros ciudadanos, nuestros hijos.